Estuches del aire que guardan la pena y el grito. (G. Leguizamón, Me voy quedando.)

4/04/2006

La Espera

Genaro esperó, y en su espera fue más que un hombre. La tardanza lo convirtió en luz, o a lo mejor en sombra de esas que quedan buenas en una foto. En esa esquina, que al rato fue más suya que nada en el mundo, se mimetizó con las piedras gastadas de un edificio agónico y sensual.
Veinte minutos tardó en vislumbrar la armonía en aquel caos, la sonoridad de violines en los gritos de conductores ordinarios, lo cadencioso del bambolear de aquellos culos enormes de las empleadas públicas que sondeaban las veredas microcéntricas en busca de algún pedazo de pascualina para paliar el hambre.
Vibró en cada cruce de miradas con oficinistas parcos y raídos, y al tiempo no se sintió a la espera de nada ni nadie; se vió en acto, no en potencia. El rebaño enajenado desbordaba en arte, y en cada arremetida de los motoqueros a la intersección de calles vio el coraje y la desidia de quienes matan toros por placer.
En la penumbra de su pared recordó, una vez más, aquel patológico anonimato que Buenos Aires le regalaba cada tanto -Muchos lo tendrán que padecer toda una vida, -pensó- yo lo disfruto en estos tiempos muertos que nunca han sido tan vivos-.
Yo -que soy omnisciente, como se habrán dado cuenta- pude notar en su lógica un dejo de indiferencia, y se me hizo que Genaro era ya, sin quererlo, otra oveja desconsiderada y burda, otro Cóndor que, de vivir en la pavada, se había convertido en pavo.