Estuches del aire que guardan la pena y el grito. (G. Leguizamón, Me voy quedando.)

3/05/2007

Balada para el loco

Ayer amaneció nublado. La ventana de mi cuarto pintaba un cuadro gris. Y no era para menos. El clima es sabio, dicen, y anticipa. Ayer atardeció en la cuadra de mi casa más temprano que de costumbre: ayer se murió el loco. La manzana entera se cubrió de caras largas y porteros graves y yo sin saber por qué.

Anclado en la vereda lo veo, pidiendo cigarrillos y saludando cuando saludaba. La voz confusa y estridente. Ya nunca volverá el loco a preguntarme cómo me fue en el colegio, a hablarme de un tal Gaspar que no conocí. A los cincuenta y ocho años, y por primera vez en su vida, el loco se murió.

En éste, que es mi último homenaje, te recuerdo. Gracias, loco, por haberle regalado a mi cuadra tu presencia. Por esas tardes mirando al este. Por sacar, tantas veces, a la gente de su silenciosa melancolía, cuando, desprevenidos, les preguntabas si te podían tomar el pulso. Gracias por mandar al carajo al pelotudo del sexto piso adelante mío.

En éste, que es mi último homenaje, voy a fumar un cigarrillo en silencio. Voy a pensar en tus ojos, loco, y en una canción de una tal Joni Mitchell sobre paraísos pavimentados y cosas que se valoran cuando se pierden. Y donde quiera que estés, si estás en algún lado, loco, voy a confesarte algo:

Esta cuadra, sin vos ni tu voz, no va a ser lo mismo.

Gracias y hasta siempre, loco.